24 de junio de 2014

Rabia: Aceptar Vale, Olvidar ¡Nunca!



Hoy, dos días después del cataclismo de frustración que se vivió en el Estadio de Gran Canaria, con las ideas mucho más claras y reservando los sentimientos para cuando la vergüenza me permita enfocarlos, he decidido escribir. No es un día bueno, en absoluto, no es un día mejor que el de ayer y probablemente igual de amargo que el que llegue mañana, pero sí  quiero pensar que lo vivido servirá para reflexionar. Golpe, pausa, meditación, acción. Esto no puede pasar, como todo pasa en Canarias, de largo, de puntillas a la múa, riéndose vilmente, impune, y siendo poco a poco aceptado por todos con resignación y amargos susurros. Dejar que esto se olvide, que quede atrás, es promover una plausibilidad futura. Y no podemos permitir algo así.

                                       

El problema es tan claro como antiguo. Las hordas de pseudo-poligoneros (porque el término no hace justicia a la calidad humana de estos lugares), coyotes, chandaleros -o lo que se crean ser- surcan nuestras calles desde hace décadas. Son los australopitecos del siglo XXI: bípedos, leen con dificultad, deambulan en manada, presumen de escote, usan gorras sin comprender su modo de empleo y rezuman tanto swag (estilo, en su idiolecto) como el bolo de una piña en un plato sucio.

                                     

Estos depilados australos (prefiero llamarlos así que insultar al animal o a la gente que usa chándal) han arruinado la cultura canaria durante décadas. No es producto del siglo XXI ni de Internet, ni siquiera del reggaetón. Ya estaban ahí cuando nadie se pasaba por “el cuadrado” de los mogollones por miedo a que le cayera una botella en la cabeza y luego le dieran una paliza, o cuando te pedían el bonoguagua de piques en el Parque San Telmo. Los 80, 90… es normal preguntarse cómo llegó esta plaga a nuestras islas y si fue en barco -como las ratas- o si surgió desde dentro como larvas necrófagas. Pero no, lo cierto es que este tipo de gente es pura “Marca Canaria,” es la que sale en programas como Mujeres, Hombres y Viceversa o en Gran Hermano o en videoclips de Reggaeton que se baila en discotecas nacionales; su forma de vida se desarrolla en base a parámetros de conducta marcados por algunos jugadores incluso, o por los más pendencieros de su zona. 

                                     

Su cultura es diáfana. Se mueven por el jaleo y funcionan por imitación. La raíz del problema es sencilla de localizar: imitan al más ruidoso. Los institutos de Gran Canaria están llenos. Y como si de un virus se tratara convierten a muchos buenos chicos a su causa. Crecen. Sus tatuajes desgastados permanecen. Se pinchan en los gimnasios para aparentar seguir  teniendo 20. Desatienden a sus hijos convirtiéndolos en nuevos australos y les regalan teléfonos y motos pese a haber sido expulsados de su centro en diferentes ocasiones.

                                  

Raúl tras el partido. (Canarias7)
El problema con esta gente, por lo tanto, es que están ahí y por todos lados. No son pocos, tampoco conforman una mayoría, pero son unos cuantos y, parafraseando a Deivid, te destrozan los eventos principales de la isla. Difícil será olvidar el muerto en La Rama de 2005, como complicado será también dejar atrás el 22J, día en que estos cometieron la osadía de dar un paso más, nos declararon la guerra con descaro, y golpearon nuestra ilusión y el éxtasis que estábamos viviendo. La imagen de Raúl Lizoaín impotente y destrozado rechazando con furia el abrazo de los invasores es la del espíritu de una afición devastada. Es nuestra imagen. Somos nosotros.



                                 


La solución sin embargo no reside en el linchamiento de los que reconocemos en los vídeos, es obvio decir que usar su metodología te convierte automáticamente en uno de ellos y que aunque pocos fueron al campo, muchos se quedaron con las ganas y harían o intentarían hacer algo parecido en algún momento futuro. Por lo que nada se solucionaría a través de acciones violentas. La solución parece más profunda y requiere un enfoque complejo. Si todos, TODOS Y TODAS, repeliéramos esa conducta, si la margináramos y la dejáramos de valorar, si nos centráramos en batallar los sucios intereses políticos y económicos de las instalaciones petrolíferas  en Canarias, si pasáramos de ver esos programas basura que degradan al canario, si escupiéramos contra la deplorable corrupción urbanística en el sur de la isla, si viajáramos, aprendiéramos, leyéramos, nos preocupáramos más por pensar que por el qué pensarán, y le rindiéramos homenaje a los canarios que se lo merecen en vez de pasarnos vídeos por Whatsapp de los que no... aceptaríamos sin olvidar lo que ha ocurrido y lucharíamos contra ello.

Si hiciéramos todo esto, si el cambio lo establecemos en cada uno de nosotros, esta especie desaparecería en el olvido. La batalla es tan imperiosa como lógica. No podemos ignorar lo que nos acaban de hacer, otra vez no. Pero la lucha no puede morir en la superficie. Culturizar Canarias es la solución. Así, los australos dejarían de estar de moda -que en esencia es lo único que les importa- y poco a poco se iría reduciendo la plaga. La cultura una vez más vuelve a ser sinónimo de progreso, y la falta de ella, la raíz del problema.




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